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Juan José Millás y la percepción malebranchiana

In Nexos on December 12, 2010 at 12:00 pm

Juan José Millás ha publicado hoy un ingenioso y divertido artículo en su columna de El País.

Cuando los ordenadores sean tan pequeños que se puedan implantar detrás de una ceja, nos conectaremos a Internet en cualquier momento del día o de la noche y sin que nadie de los que nos rodean se dé cuenta. Así, estaremos en el sofá del salón, viendo aparentemente la tele, pero nuestro cerebro estará jugando con Google Earth, buscando quizá el barrio de una amante, localizando su casa, haciendo un zoom sobre su azotea o sobre la ventana de su dormitorio. Podrá uno ir en el autobús al tiempo que entra y sale de las páginas web preferidas u odiadas o lee la Wikipedia por orden alfabético. Bastará un ligero movimiento de la ceja, quizá un pensamiento, para navegar por la Red, pues la Red estará entonces dentro de nuestra cabeza. Parpadearemos y saldremos de una carpeta o de un archivo para meternos en otro sin que a nadie le sea posible revisar nuestro historial ni nuestros correos electrónicos ni nuestras direcciones digitales favoritas.

A lo mejor estará uno junto a su esposa, atendiendo aparentemente al telediario, pero sus neuronas permanecerán enganchadas a una página pornográfica en la que una chica está desnudándose para meterse en la ducha. Y será imposible saber en dónde se encuentra cada uno en realidad. El carnicero te dirá buenos días, buenas tardes o en qué puedo ayudarle, mientras por el interior de su cráneo desfilan imágenes que no podemos ni sospechar. En esa situación, el marido, excitado por lo que tiene dentro de la cabeza, pondrá la mano sobre el muslo de la esposa, excitada por lo que tiene dentro de la suya, pues los dos se habrán conectado a Internet mientras fingían escuchar a Ana Blanco, y así, cada uno con su página web preferida dentro de la bóveda craneal, se arrancarán la ropa y se revolcarán en el sofá y consumarán una cópula inesperada. O sea, todo exactamente como ahora.

La idea que desarrolla es una anticipación de un futuro muy probable, que coincide con la que aparece en La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana, incluido en Recuerdos de la era analógica. Es una hermosa coincidencia de publicación casi simultánea, que parece, por cierto, confirmar lo que dice el autor de otro texto del libro, Que nada se crea, acerca de los descubrimientos simultáneos.

La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana es un ensayo, del que sólo se conservan fragmentos, aunque es muy probable que dentro de no mucho tiempo acabe apareciendo íntegro en algún lugar. Es una revisión del célebre ensayo de Walter Benjamin Discursos interrumpidos acerca de la obra de arte en los tiempos de la reproductibilidad técnica, tan citado, no sólo por los expertos en estética y teoría del arte, sino también por los defensores del copyleft y la facilidad de reproducción que hoy nos hace dudar de la noción de original y copia.

Benjamin, sin embargo, probablemente no estaría de acuerdo con muchos de sus seguidores, porque él pensaba que el original conservaba, sin embargo, aquello que llamó “aura”. Pero Benjamin, como McLuhan (que no dejaba a sus hijos ver la tele), era probablemente un profeta al que no le gustaba el futuro que veía, como el célebre adivino Tiresias cuando Edipo le fuerza a contarle lo que él no quiere contarle, lo que acabará con Edipo, lo que hace que Edipo, en su afán por querer saberlo todo, por querer verlo todo, acabe condenado a la ceguera.

¿Por qué percepción “malebranchiana”? Por supuesto, por Nicolás Malebranche, un interesantísimo filósofo, seguidor pero también corrector, de Descartes, que decía que no existe el mundo material y que vemos las ideas de las cosas en Dios. No hay cosas materiales, sólo ideas de esas cosas, y, además, están en Dios: son sus pensamientos. Ya puedes imaginar cómo eso deriva al futuro que anuncia Millás y Recuerdos de la era analógica.

El de Malebranche es un tipo de idealismo muy complejo, que no iguala en poder de convicción al deslumbrante idealismo de Berkeley, pero que tampoco queda muy lejos. Tal vez haya tiempo en una futura entrada de hablar en detalle de Malebranche.

Malebranche

El padre Nicolás Malebranche, sacerdote del Oratorio

Cito aquí un fragmento de La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana, que coincide con lo que cuenta Millás (yo diría que va un poco más allá incluso en la predicción):

Antes de que el proyector de cine (infraestructura) fuera inventado, el cine como tal (superstructura) ya había sido creado por Edward Muybridge en fotografías estáticas, que, posteriormente, pudieron ser transformadas en fotogramas del futuro medio, revelando un movimiento que siempre había estado allí, pero que hasta entonces nadie había sabido ver. Pero, como señala el cineasta Jean Claude Carriere, ya miles de años antes de Muybridge los seres humanos proyectaban películas, pero no en el interior de sus cuevas tenebrosas de la Edad de Piedra, sino en el interior de sus cráneos. Lo hacían cada vez que soñaban. No es sin duda paradójico, sino más bien inevitable, que hayamos acabado llegando al mismo lugar que nuestros antepasados prehistóricos y ya no necesitemos mirar fuera ni servirnos de los medios como extensiones de nuestra percepción. Los medios se han disuelto por fin y ya sólo existe el mensaje. Lo que no era cierto cuando Benjamin escribió su ensayo lo es ahora de una manera que, sin duda, resultaría paradójica para el propio Benjamin: la superestructura avanza más lentamente que la infraestructura; de hecho, avanza recorriendo la infraestructura.

Y una prueba de que Muybridge hizo cine antes del cine (no fue el único, por cierto):

Por otra parte, el asunto del original y la copia lo trato a fondo en El problema de la identidad, reciente premio Ciudad de Valencia de ensayo.

Recuerdos de la era analógica

La inmortalidad y los libros

In Juanjo de la Iglesia en Madrid on April 22, 2010 at 8:48 am

La inmortalidad

Como expliqué en otra entrada de esta presentación (Antólogos, prólogos y errores), el relato al que se refiere Juanjo es El último siglo mortal, en cuyo epílogo hay una referencia a esa conversación que mantuvimos hace muchos años y en la que hablamos acerca de la inmortalidad.

A pesar de que las religiones suelen prometer alguna forma de inmortalidad, es cierto que algunas, como el budismo, prometen la mortalidad: eso es algo que desconcierta a lo antólogos, como se puede ver en el comentario que hacen al relato mencionado (en Recuerdos de la era analógica).

El asunto de la inmortalidad fue comentado en otro momento de la presentación. Cuando edite todo el vídeo, agruparé estos bloques temáticos.

Ateo, agnóstico… ¿católico?

Respecto a lo de ateo, agnóstico y escritor en revistas católicas, Juanjo se refiere a muchas conversaciones acerca de este tema en las que yo me he definido como ateo o como agnóstico. Y en cierto modo soy ambas cosas.

Soy ateo si de lo que hablamos es de las diversas religiones que presumen de conocer la voluntad o los mensajes revelados de Dios o los dioses: creo que mienten todas. Todos los libros revelados y todos sus profetas. No conozco ninguno que me merezca confianza y estoy seguro, hasta donde uno puede estar seguro de algo, de que todos eran o alucinados o farsantes.

Pero soy agnóstico si lo que se discute es acerca de la existencia o no de Dios o los dioses. Aunque considero muy improbable la existencia de algún ente divino, no  puedo negarlo de forma categórica.

Claro, alguien dirá que soy dogmático en mi ateísmo y que también podría ser agnóstico en lo que se refiere a los dioses y religiones concretas, porque no hay nada que se pueda demostrar de forma indiscutible.

Cierto, pero no creo que nadie de los que me reprochen eso pueda demostrar que no existan los unicornios, o Tartarín de Tarascón, o el oso Yogui, pero eso no impide que afirmen con una gran seguridad (que no les reprocho) que esos seres no existen, excepto en los libros o los dibujos animados. Lo mismo pienso yo de esas otras creaciones de ficción que son los dioses.

En cuanto a lo de que escribo en revistas católicas, tiene razón Juanjo: se refiere a El Ciervo, una revista de católicos progresistas en la que he publicado algún texto, como uno en el que contaba cómo veía mi muerte:

Cómo veo mi muerte

En la adolescencia decidí que iba a vivir 139 años. No se trataba de una cifra casual: quería conocer tres siglos, el XX, el XXI y el XXII. Si voy  a vivir 139 años, todavía me queda mucho tiempo antes de que la muerte empiece a preocuparme.
Descartes también quería vivir mucho tiempo, aunque se conformaba con cien años. Pero la reina Cristina de Suecia le convenció para que le diera clases de filosofía, y Descartes murió de frío en aquel lejano reino a los cincuenta años. Sin embargo, antes del viaje a Suecia, Descartes le confesó a un amigo que ya había encontrado el remedio contra el temor a la muerte: “Ahora me da igual morirme”.
Lo mismo me sucede a mí: ya no me preocupa la muerte. Sigo deseando  alcanzar los 139 años, e incluso la vida eterna, pero ya no me inquieta morir en cualquier momento. Lo que me preocupa no es la muerte, sino disfrutar de la vida: no discutir, no deprimirme por nimiedades, amar y respetar a los demás, descubrir cosas nuevas, recibir también un poco de amor y, en definitiva, ser feliz, cosa que consigo muy fácilmente. Algo me hace sospechar que vivir así me hará más fácil morir.
Por otra parte, deseo morir lentamente, porque soy una persona muy curiosa y me gustaría experimentar también esa situación, y no que me sobrevenga sin enterarme.

Puedes encontrar más información en mi página Mortal, dedicada, precisamente, a la mortalidad.

Libros analógicos

De la extraordinaria edición que ha hecho Evohé de Recuerdos de la era analógica, se habla en otro momento de la presentación, que subiré más adelante.

Los siglos indios

In Divagaciones analógicodigitales on April 12, 2010 at 12:00 pm

Cifras  indias

En su último libro, de próxima publicación, Otra novela histórica (un verdadero falso producto) Iván Tubau, que es mi padre, como ya sabes o quizás hayas intuido si no me conoces, lector de este blog que eres muchos pero sólo uno, escribe:

Ya no estamos en los primeros años del siglo XX sino a comienzos del 21, o sea del tercer milenio de los cristianos.

Es difícil imaginar una manera mejor de comparar en una sola frase el sistema arcaico de numeración de los romanos con el más arcaico, pero también mucho más razonable, inventado por los indios, aunque erróneamente atribuido a los árabes.

Es decir, la diferencia entre escribir los siglos con letras o hacerlo con números.

¿Cuándo sustituiremos el arcaico sistema romano, en el sentido despectivo, no en el cronológico, por el indio?

Supongo que cuando resulte tan complicado escribirlo que, por cansancio y confusión, se decida modificarlo.

Tal vez en el siglo XXVIII o en en el XXIX, o quizá haya que esperar al MDCCXLVIII.

(En indio: 28, 30 y 1748)

A mí me gusta imaginar que el cambio tendrá lugar antes.

En efecto, quizá el lector atento de mi libro Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), que tal vez seas también tú, lector de este blog, se haya dado cuenta de que en el futuro que propongo, los siglos se escriben con números y no con letras. Los propios antólogos lo explican en el primer prólogo:

En cuanto a los siglos, hemos preferido mantener en los textos seleccionados la numeración antigua, respetando las incómodas cifras romanas en vez de las indias, es decir: «siglo XX» en vez de «siglo 20».

Como se ve, en el futuro se deshará el error de atribuir a los árabes las cifras indias.

Y, tal como dicen los antólogos, cuando en Recuerdos de la era analógica estamos ante lo que en historiografía se llama una fuente, es decir, un texto procedente de la era analógica, los siglos aparecen con cifras romanas, como en:

A menudo se mezclaba mi propio recuerdo en el siglo XX con el recuerdo del conde de Saint Germain recordando a la misma persona.

(La memoria de los siglos)

Hasta los años 20, prácticamente nadie, si exceptuamos al propio Picasso, y tal vez a Salmon, llegó a pensar que Las señoritas de Avignon era no sólo la obra más importante de Picasso, sino de todo el siglo XX. Y muy pocos la asociaban con el cubismo.

(Picasso y los indiscernibles)

Como sabes, en el siglo XX, los artistas emplearon la mayor parte de sus energías en romper todas las convenciones que hasta entonces habían dominado su profesión. Destruir lo anterior, romper los códigos y derribar los iconos era el lema de los nuevos
revolucionarios del arte.

(Gabor)

REcuerdos de la era analógica

(El registro universal)

Por el contrario, cuando son los antólogos quienes hablan, los siglos se escriben con cifras indias:

Son pocos los que saben que no mucho después de la muerte de Darwin, a comienzos del siglo 20, la teoría de Darwin fue abandonada por la mayoría de los científicos. Por supuesto, no se negaba la evolución de los seres vivos, pues en eso estaban todos de acuerdo, excepto los «creacionistas», quienes pensaban que un dios había creado el mundo en pocos días y que los fósiles habían sido colocados bajo tierra por Dios para poner a prueba la fé de los creyentes.

(Comentario de los antólogos a La memoria de los siglos)

El nombre del museo aludía a la teoría de los Mundos Paralelos, desarrollada a finales del siglo 20 para intentar explicar algunas paradojas de la física cuántica, que entonces era, junto al relativismo einsteniano, la teoría dominante de la física; ambas teorías son ahora sólo casos límite de la Teoría de Todo (Theory of Everything o TOE), aplicables en entornos de simulación ontológica.

(Comentario de los antólogos a Picasso y los indiscernibles)

Sencillamente porque el problema está mal planteado, mal formulado, como dirían los filósofos del lenguaje del siglo 20 y los neoetimologistas del 22. Lo mismo ha sucedido con el concepto de no-realidad.

(Comentario de los antólogos a El problema de la identidad)

Se trata de un género que empezó a popularizarse en la segunda mitad del siglo 20, cuando ciudadanos comunes tuvieron acceso a medios de autoedición caseros, aunque a menudo utilizaban los recursos de sus empresas, especialmente las fotocopiadoras, una especie de duplicadores de ideas con papel incluido.

(Comentario de los antólogos a Mundo analógico)

Sin embargo, hay algunas excepciones a esta regla según la cual las fuentes se expresan en siglos romanos y los textos en siglos indios, como ésta:

¿Es El rey Lear en inglés del siglo 20 el mismo que el del siglo 17? ¿Cuándo aprendió el viejo Lear a hablar como un pedante inglés de 1930?

(La caverna)

La anterior y otras excepciones quizá sean simples erratas, de las que el libro está plagado con razón y sin ella, pero tal vez en algún caso signifiquen algo más.

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