Segunda parte del breve relato biográfico que me hizo Tonino en la presentación de Recuerdos de la era analógica en Valencia. En esta ocasión cuenta algunas de mis andanzas menos conocidas, con algunas revelaciones que tal vez sorprendan a quienes no me conocen bien.
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Aprovecho para ofrecer algo más de información, hasta ahora privada, acerca de algunas de las cosas que cuenta Tonino con la prudencia e ingenio que le caracterizan.
Recuerdos de China

Atardecer en el pabellón del Jardín Yu de Shangai, junto al presidente de la República Popular China Liu Shaoqi.
En mi expresión se puede percibir claramente que yo estaba preocupado por la situación de Liu, quien pronto sería víctima de la cruel venganza de Mao Zedong, que le acabaría enviando a prisión, donde sufrió torturas y malos tratos hasta su muerte.

En una reciente estancia en Beijing (Pekín), en la que aproveche para visitar a algunos de mis antiguos alumnos, que ahora viven en la capital.

Mi alumno Zhou Xiao me fotografió desde su ventana poco antes de despedirnos.
Mandala y Rayuela
Fragmento de una biografía de Cortazar en la que se explica, como dice Tonino, que efectivamente Rayuela se iba a llamar Mandala:
En ese mismo año aparece lo que sería su mayor éxito editorial y le valdría el reconocimiento de ser parte del boom latinoamericano Rayuela, la que se convirtió en un clásico de la literatura argentina. Según declaró en una carta a Manuel Antín en agosto de 1964, ese no iba a ser el nombre de su novela sino Mandala: “de golpe comprendí que no hay derecho a exigirle a los lectores que conozcan el esoterismo búdico o tibetano”; pero no estaba arrepentido por el cambio.

Portada de Rayuela
El primer párrafo de Rayuela

Cortazar preocupado tras una charla un poco tensa
¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
La filofísica
Y, para terminar, el capítulo 68 de Rayuela, en el que se puede detectar la influencia de las teorías de mi padre acerca del peso atómico de las palabras, la filofísica. En este fragmento, por cierto, se menciona la editorial en la que he publicado Recuerdos de la era analógica, confirmando que como se dice en el primer párrafo de Rayuela, nada sucede por causalidad:
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé!