
En su último libro, de próxima publicación, Otra novela histórica (un verdadero falso producto) Iván Tubau, que es mi padre, como ya sabes o quizás hayas intuido si no me conoces, lector de este blog que eres muchos pero sólo uno, escribe:
Ya no estamos en los primeros años del siglo XX sino a comienzos del 21, o sea del tercer milenio de los cristianos.
Es difícil imaginar una manera mejor de comparar en una sola frase el sistema arcaico de numeración de los romanos con el más arcaico, pero también mucho más razonable, inventado por los indios, aunque erróneamente atribuido a los árabes.
Es decir, la diferencia entre escribir los siglos con letras o hacerlo con números.
¿Cuándo sustituiremos el arcaico sistema romano, en el sentido despectivo, no en el cronológico, por el indio?
Supongo que cuando resulte tan complicado escribirlo que, por cansancio y confusión, se decida modificarlo.
Tal vez en el siglo XXVIII o en en el XXIX, o quizá haya que esperar al MDCCXLVIII.
(En indio: 28, 30 y 1748)
A mí me gusta imaginar que el cambio tendrá lugar antes.
En efecto, quizá el lector atento de mi libro Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), que tal vez seas también tú, lector de este blog, se haya dado cuenta de que en el futuro que propongo, los siglos se escriben con números y no con letras. Los propios antólogos lo explican en el primer prólogo:
En cuanto a los siglos, hemos preferido mantener en los textos seleccionados la numeración antigua, respetando las incómodas cifras romanas en vez de las indias, es decir: «siglo XX» en vez de «siglo 20».
Como se ve, en el futuro se deshará el error de atribuir a los árabes las cifras indias.
Y, tal como dicen los antólogos, cuando en Recuerdos de la era analógica estamos ante lo que en historiografía se llama una fuente, es decir, un texto procedente de la era analógica, los siglos aparecen con cifras romanas, como en:
A menudo se mezclaba mi propio recuerdo en el siglo XX con el recuerdo del conde de Saint Germain recordando a la misma persona.
(La memoria de los siglos)
Hasta los años 20, prácticamente nadie, si exceptuamos al propio Picasso, y tal vez a Salmon, llegó a pensar que Las señoritas de Avignon era no sólo la obra más importante de Picasso, sino de todo el siglo XX. Y muy pocos la asociaban con el cubismo.
(Picasso y los indiscernibles)
Como sabes, en el siglo XX, los artistas emplearon la mayor parte de sus energías en romper todas las convenciones que hasta entonces habían dominado su profesión. Destruir lo anterior, romper los códigos y derribar los iconos era el lema de los nuevos
revolucionarios del arte.
(Gabor)

(El registro universal)
Por el contrario, cuando son los antólogos quienes hablan, los siglos se escriben con cifras indias:
Son pocos los que saben que no mucho después de la muerte de Darwin, a comienzos del siglo 20, la teoría de Darwin fue abandonada por la mayoría de los científicos. Por supuesto, no se negaba la evolución de los seres vivos, pues en eso estaban todos de acuerdo, excepto los «creacionistas», quienes pensaban que un dios había creado el mundo en pocos días y que los fósiles habían sido colocados bajo tierra por Dios para poner a prueba la fé de los creyentes.
(Comentario de los antólogos a La memoria de los siglos)
El nombre del museo aludía a la teoría de los Mundos Paralelos, desarrollada a finales del siglo 20 para intentar explicar algunas paradojas de la física cuántica, que entonces era, junto al relativismo einsteniano, la teoría dominante de la física; ambas teorías son ahora sólo casos límite de la Teoría de Todo (Theory of Everything o TOE), aplicables en entornos de simulación ontológica.
(Comentario de los antólogos a Picasso y los indiscernibles)
Sencillamente porque el problema está mal planteado, mal formulado, como dirían los filósofos del lenguaje del siglo 20 y los neoetimologistas del 22. Lo mismo ha sucedido con el concepto de no-realidad.
(Comentario de los antólogos a El problema de la identidad)
Se trata de un género que empezó a popularizarse en la segunda mitad del siglo 20, cuando ciudadanos comunes tuvieron acceso a medios de autoedición caseros, aunque a menudo utilizaban los recursos de sus empresas, especialmente las fotocopiadoras, una especie de duplicadores de ideas con papel incluido.
(Comentario de los antólogos a Mundo analógico)
Sin embargo, hay algunas excepciones a esta regla según la cual las fuentes se expresan en siglos romanos y los textos en siglos indios, como ésta:
¿Es El rey Lear en inglés del siglo 20 el mismo que el del siglo 17? ¿Cuándo aprendió el viejo Lear a hablar como un pedante inglés de 1930?
(La caverna)
La anterior y otras excepciones quizá sean simples erratas, de las que el libro está plagado con razón y sin ella, pero tal vez en algún caso signifiquen algo más.